De mitos y piropos

Ayer vi en las redes sociales a uno de estos tipos que pretenden desmentir el mito de que en España hay machismo. Sí, como lo oyen, resulta que es un mito.

Utiliza para defender su teoría vídeos en los que sale a la calle y les pregunta a mujeres de diferentes edades sobre situaciones que consideran machistas en su día a día para después desmontar su argumento. 

Y lo reconozco, las pilla. Muchas veces la respuesta de ellas no es coherente. 

Como no pretendo, ni mucho menos, caer en la guerra de sexos que se pretende imponer a través de los medios confieso que yo misma viendo el vídeo entiendo lo que nos quiere transmitir este influencer. 

Ojo, que de ahí a que no exista machismo en nuestro país hay un trecho.

Por lo tanto, me permito una recomendación a las mujeres y es que en vez de tirar de porcentajes y cifras que nos ofrece el terrorismo mediático que estamos sufriendo, simplemente observen situaciones que han vivido en sus propias carnes. Indaguemos en esa sensación incómoda que hemos sentido alguna vez (si no muchas) por el hecho de ser mujeres. De esta manera no habrá duda ni debate posible.

Si has vivido una situación de desventaja en el trabajo frente a los hombres por supuesto defiende y difunde tu historia. Personalmente no he sentido discriminación en el ámbito laboral.

¿Eso significa que ha habido un avance enorme en cuanto a igualdad en España? 
Sin duda.

Después de ver el vídeo que comentaba al principio y de hacer esta primera reflexión, salí a la calle y caminé durante una hora hasta llegar al restaurante donde había quedado para comer.

Por la calle seguía dándole vueltas a esto y enseguida sumé a mi lista otra de esas situaciones desagradables que sufrimos las mujeres.

Me había puesto guapa para mi cita en el restaurante (y repito, para mi cita) y caminaba por la calle contenta y decidida. De frente venía un hombre con paso cansado, cara triste, fumando con ansia y que me doblaba la edad. Enseguida detecto una mirada lasciva repugnante que él se esfuerza en evidenciar. 

Y hasta aquí podría concluir mi argumento, porque a mí que me expliquen qué hombre ha tenido que sentir una mirada violenta (sí, violenta) por parte de una mujer que le dobla la edad.

Pero voy a recrearme un poco más para que se entienda. 

No contento con dedicarme esa mirada no correspondida y fuera de contexto, este señor que podría ser mi padre y que evoca con su sola presencia una vida frustrada y llena de complejos (disculpen el puntito de crueldad) se permite dedicarme estas encantadoras palabras cuando paso por su lado: Maaagggdreee miiiia. Y a mí no puede más que invadirme una sensación de escalofríos por todo el cuerpo. 

Lejos de ser un piropo, siento que alguien me vomita todo su odio pintado de lascivia en la cara.

Y vuelvo a invitaros a imaginaros la misma situación a la inversa (si podéis).

“Demasiado susceptible” me pueden llamar algunos y podría valorarlo si no fuese porque esto me ocurrió otras dos veces más en mi trayecto hasta el restaurante. 

Ocurre prácticamente todos los días. 

Cuando menos te lo esperas, cuando menos te apetece… alguien te agrede con sus palabras y con su actitud.

Así que sin entrar en otros aspectos que denotan desigualdad en nuestro país como el enfoque de la maternidad, simplemente quería compartir mi historia que, aunque ójala lo fuera, no es un mito.

 

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