Voy

El tren se detuvo en Diagonal y decenas de pasajeros salieron del vagón al mismo tiempo. Las caras de la multitud dejaban adivinar que eran horas muy tempranas. Gabi subió las escaleras del metro y salió a Passeig de Gràcia. Era julio y el termómetro de la parada de autobús marcaba veinte grados exactos.

Llegó a la oficina a las ocho y veintiocho y, al sentarse en la silla y arrimarse a la mesa, leyó el post-it que se había dejado a sí misma el día anterior y sonrió. Junto al teclado del ordenador, entre dos bolígrafos sin tapón y un bloc de notas con las esquinas gastadas, un papelito rosa fucsia rezaba: Todo va a salir bien.

Josh estaba en la fotocopiadora muy concentrado en las hojas que iban saliendo de la máquina, las cogía una a una y las analizaba exhaustivamente. «Estará comprobando que la tinta no se haya corrido y que el texto esté bien encuadrado», pensó ella. A continuación, cogió uno de los bolis y mientras lo mordisqueaba se recreaba en lo cuidadoso y perfeccionista que era su compañero.

Josh era muy atractivo, objetivamente lo era. Tenía el pelo castaño, medio rizado y alborotado, lo que le daba un toque desaliñado irresistible. Los ojos color miel, de esos que cambian con la luz del sol, brazos perfectamente definidos, espalda ancha, cintura estrecha…Cuando se le ceñía la camiseta después de intentar acceder a los catálogos de los estantes más altos, podían intuirse unos marcados pectorales. Antes de que se recolocase la ropa, Gabi siempre lanzaba una mirada veloz a sus abdominales descubiertos.

Él ocupaba el puesto de Office Manager en la agencia. Realizaba tareas de lo más diversas, aunque, principalmente, era un buen comercial. Delegaba a los potenciales clientes a los distintos departamentos en función de si eran empresas o particulares, no sin antes soltarles la retahíla de packs vacacionales que ofrecía Barcetour.

Después de un último repaso a las copias, miró a Gabi, esbozó una sonrisa y se dirigió a su mesa.

— Hey Gabs, la jefa me ha dicho que te encomiende esta importante tarea —dijo con su encantador acento gallego mientras dejaba el montón de hojas sobre el escritorio.

— ¿Y qué tengo que hacer exactamente? —contestó con cara de desconcierto.

Él posó su mano sobre las copias. — Esto son las ofertas en viajes de este mes, folletos informativos para los clientes. Tienes que doblarlos en tres partes e ir colocándolos en el mostrador de la entrada. —Esbozó una sonrisa burlona.

— Vale, creo que podré hacerlo —bromeó ella.

Josh le guiñó un ojo y se fue.

Desde que entró en la agencia de viajes le habían encargado tareas poco trascendentales: meter las fichas de los clientes en la base de datos, mandar emails informativos, hacer algunas llamadas y poco más. En realidad, Gabi sabía que ese no era su sitio, pero necesitaba el dinero para pagar el alquiler, el agua, la luz y todos los gastos que se le habían venido encima al independizarse.

 

 

Recordaba el día en el que sus padres fueron a visitarla por primera vez. Fue a recogerles a El Prat por la mañana. La noche anterior habían hablado por teléfono y su madre había insistido en cogerse un taxi. «Déjalo hija, allí no tienes coche ni nada, ¿para qué vas a venir en metro para irnos luego los tres para allá?», le había dicho. Pero ella no hizo caso. A pesar de haberse ido de Madrid para vivir su propia vida y escapar de la sobreprotección de sus padres, les echaba de menos y estaba deseando verles.

El pisito que había encontrado estaba a media hora del trabajo y era muy luminoso, pero sólo tenía una habitación. Sus padres tuvieron que alojarse en un hotel cercano durante el fin de semana. Después de subir los cuatro pisos sin ascensor, Gabi sacó las llaves y abrió la puerta de su nuevo hogar. –¡Pues esto es! —dijo con una sonrisa nerviosa. Su padre empezó a andar hacia el interior del pequeño salón mientras el parqué rechinaba bajo sus pies.

La madre, sin embargo, fue directa a la cocina. Gabi optó por quedarse en el hall, desde donde podía observarles a los dos.

— Tiene mucha luz —dijo su padre mientras seguía analizando cada rincón con la mirada.

— Sí, ¿verdad? Y está cerca del centro. Siéntate, papá —dijo Gabi acercándose a cogerle la chaqueta— el sofá no es tan incómodo como parece.

— Gabi, ¿qué es esto? —dijo la madre desde la cocina.

Ella y su padre se miraron.

— ¡Voy!

Cuando llegó, la madre sostenía un vaso con agua. Su cara tenía esa inconfundible expresión de desaprobación que Gabi tanto temía.

— ¿Por qué sale el agua marrón?

— Es sólo al principio, mamá, si esperas un poco acaba saliendo limpia. Las cañerías son viejas, el edificio es viejo, pero la casera me ha dicho que lo solucionará.

— Esto no se soluciona tan fácilmente.

— Sólo pasa a veces.

Su madre tiró el agua por el desagüe, dejó el vaso en la encimera, clavó un instante la mirada sobre Gabi y salió de la cocina. Ella fue detrás.

 

Al cabo de un mes el problema fue a peor. La casera no se hizo responsable del asunto y se vio obligada a llamar a un fontanero por su cuenta. Efectivamente, no fue tan fácil. Las cañerías estaban totalmente carcomidas y tuvo que gastarse un dinero que no tenía en arreglarlas. Nunca se lo dijo a sus padres.

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